¿Y... qué estaré leyendo yo?
Frente a la librería, mentalmente, saco la cuenta de los gastos del mes para saber cuánto me queda y ver si puedo comprar algunos libros. Tabucchi, Pessoa, Lispector, Ciorán, Cadenas, Proust, Cortázar, Luis Cedeño, Kafka y otros más, dan vueltas en mi cabeza junto a cifras, recibos y facturas de teléfono, gas, agua, alquiler, internet... A mi lado, un hombre también observa los libros. Después de un rato, me alejo.
Absorto, sumido en mi suave contabilidad literaria, cruzo la calle y gano la otra acera. El hombre que veía los libros me adelanta y camina delante de mi. Oigo un grito y unos pasos apurados que azotan violentamente la calle. Un celaje me tropieza. Alzo la vista y veo un policía en la otra esquina. <¡Párate...!> Escucho un disparo. Luego otro y otro. Con la segunda detonación,y sin saber cómo, yo ya estoy atrincherado y temblando en un recodo de pared. La gente grita y llora. Desde mi precario refugiomirohacia adelante. Hay un hombre tirado en el suelo. De su cabeza sale tibio y zigzagueante un hilillo de sangre que se ramifica en tres. Uno, como si supiera que yo estoy allí escondido, o como si yo lo llamara silbándole y chasqueándole los dedos, corre hacia mi alegre y retozón. Y desviando constantemente su carrera a derecha e izquierda, como una traviesa mascota, llega hasta mis pies. Donde se echa y se espesa, formando una caprichosa figura. Mientras los otros dos, continúan veloces y sinuosos sus impredecibles rutas durante un largo trecho. Hasta que vuelven a encontrarse y vuelven a ser uno otra vez. El reencuentro le da nuevas fuerzas. Y ahora corre más rápido y decidido en dirección del hilo dorado que dejó caer el ladrón en su desesperada carrera. Y al que finalmente se une.
Me repongo del susto.Me incorporo y voy hacia donde está el hombre, que ta comienza a ser rodeado por los curiosos. Es el mismo que veía los libros junto a mí. Esta vivo aún. Tiene los ojos muy abiertos, y ve, entre aterrorizado y suplicante, a los que lo rodean. Me agacho y trato de ayudarlo, de reconfortarlo. Levanto su cabeza y la apoyo en mi brazo. Alguien grita: <¡Está vivo...! ¡Está vivo...! ¡Llamen una ambulancia...! ¡Una ambulancia...! ¡Está vivo...!>Pero nadie se mueve.Todos están como hechizados por el incidente. El hombre dirige sus ojos, ya calmados y resignados, hacia mi,y me dice: <El extranjero... El extranjero...> <¿¡Qué!? ¿¡Como¡?> le pregunto extrañado. Y antes de cerrar definitivamente los ojos, y con una leve sonrisa en los labios, murmura: <Que estoy leyendo El extranjero. Y yo siempre me pregunté qué estaría leyendo yo cuando me llegara la muerte>
Autor: Pedro Querales. Del libro"Fábulas urbanas"

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